El nombre de Ana ya desprende ciertos caracteres que otros
nombres no poseen. Es corto, pero dulce y bonito. Es corto, pero lleno de
personalidad y fuerza. Es corto, pero podría ser de los nombres más femeninos
que tenemos en nuestra lengua. Y ella no podía llamarse de otra manera, Ana.
Porque ella tiene todos esos caracteres que lleva su nombre y algunos más que
están por nombrar.
Ana es como un hada, sutil, dulce, con un vuelo suave y
limpio. Su halo se asemeja al de un hada
del bosque, vital como la primavera, llena de color como su personalidad y con
un brillo que tienen sus ojos que delatan sus ganas de vivir y de sentir la
vida.
Pero Ana no es tan escuálida como las hadas, si no fuera así
su abrazo no sería tan cálido. Los abrazos de Ana son lentos y pausados, pero
te envuelven y quieres quedarte en sus brazos para siempre. Porque ella no
tiene prisa, no tiene prisa en quitar una mano de apoyo ni tiene prisa por dejar
de escucharte. Las charlas con Ana tienen el don de ser eternas, nunca quieren
terminar. Parece que despedirse de ella es la peor elección que puedes tomar.
Por eso Ana no puede invertir su tiempo en otra cosa que no
sean las personas, si lo hiciera esa energía que desprende moríría en el mismo
momento que emana de ella. Y tampoco tendría sentido que fuera en una
disciplina que no se ajustara con su persona.
El yoga es para Ana como para un bebé las caricias de su
madre. Es un binomio perfecto. Una disciplina dura que entraña constancia,
serenidad y buen hacer. Con una monitora
que cuida no sólo las posturas de sus alumnos sino más intensamente su corazón
y en última instancia su alma.
Tener a Ana como profesora es un remanso de paz, pero sin
olvidar el trabajo duro que exige el yoga.
Las clases de Ana no solamente mueven los músculos físicos sino que como
el yoga pretende un equilibrio físico a la par que mental.
Quién viene a sus clases repite..Es difícil escapar a sus
encantos.

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